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De los creadores de la taquillera “De Ibiza al hospital” y el director de “Con trompos y a lo loco”, este verano ha llegado a nuestros hoteles la tercera entrega de Balconing, una tragicomedia intelectual que desde 2010 arrasa en España con un elenco mayoritariamente británico, austríaco y alemán y que hace las delicias de miles de espectadores en Youtube, espectadores cuyo raciocinio está justo a la altura del de los propios protagonistas.
El éxito de la saga hasta el momento es abrumador: una taquilla de casi medio centenar de heridos y más de una quincena de fallecidos. Ello, sin embargo, no parece disuadir a los jóvenes extranjeros que cada verano visitan nuestras costas, en especial Baleares, en busca del ocio de las 3 eses (sand, sun, sex), con el alcohol, la inmadurez y las drogas como meta y bandera.
 
Lo que hoy en día conocemos como “balconing” simplemente es el sello mediático con el que la prensa y su doble filo han acuñado la práctica de saltar, por diversión, desde los balcones de los establecimientos hoteleros a las piscinas o a balaustradas cercanas a éstos. Ya en 2008 empezaron a atenderse heridos por esta causa en los servicios sanitarios menorquines, pero la difusión de los vídeos de saltos y caídas en internet fomentó sin duda (e incomprensiblemente) entre los jóvenes turistas la curiosidad por vivir la experiencia, que después colgaban (y cuelgan) en las redes sociales su salto como el cazador la cabeza del reno.
 
Cierto que es una pena que esta juventud sea la que sustenta nuestra expectativa de pensión de jubilación, pero como el aleccionamiento socio-educacional escapa de mi conocimiento, nos centraremos en el enfoque jurídico: el “qué hacer antes”, “qué hacer después” y “cómo hacerlo” del empresario turístico español, el hotelero que sin saberlo, provee el set de rodaje a estos kamikazes del recreo.
 
Las autoridades de los países emisores y la propia Policía Nacional española, antes de iniciarse el verano, difundieron campañas en varios idiomas advirtiendo a los visitantes de los riesgos del jump from the balcony y pese a ello, se han vuelto a registrar trágicas cifras (toda aquella que supere el cero).
 
Parece que la responsabilidad del hotelero al respecto está clara: un uso a todas luces negligente de sus instalaciones más intoxicación etílica más estupefacientes más ausencia de desperfectos graves en el balcón, es el sueño de cualquier compañía aseguradora que cubra la responsabilidad civil del establecimiento, “El siniestro no cubierto perfecto”.
 
No obstante, pese a las circunstancias que concurren, no es difícil encontrar grietas, supuestos en los que el hostelero, aunque se haya esforzado por llevar una gestión empresarial acuciosa, puede verse afectado por albergar un incidente de balconing, pues algunas de las familias de estos jóvenes, lejos de represalias privadas, se cargan de razón ante los tribunales reclamando indemnizaciones millonarias a los mayoristas y hoteles.
 
Lo que era un incidente desafortunado en el historial del hospedaje es ahora, con resarcimiento del balcony jumper de por medio, un posible y cuantioso riesgo económico en forma de indemnización por daños y perjuicios que, con suerte, tendremos la oportunidad de rebatir en Sala y que, con más suerte aún, conseguiremos que no nos sea deducida de la siguiente factura que nos tenga que abonar el organizador (en base a esa fantástica cláusula tan habitual en los contratos con los grandes turoperadores en la que les permitimos realizar descuentos unilaterales).
 
Por tanto, veamos en tres fases cómo podemos actuar, en nuestro negocio, ante este fenómeno:
 
La previsión y disuasión:
a) Instalación de baldosas antideslizantes o sistemas de drenaje efectivos en los balcones y terrazas,
b) Barandillas siempre de la altura mínima obligatoria fijada en la normativa turística de cada comunidad autónoma (si es posible, mayor) y con anclajes que garanticen su fijación a la fachada u elementos laterales,
c) Mamparas que separen los espacios hasta el suelo del saliente superior, para evitar la tentación de pasar de una habitación a otra a través de los balcones,
d) Aviso al personal de seguridad o las autoridades o servicios sanitarios, si procede, de forma inmediata a detectarse grupos con comportamientos agresivos, clientes en estado etílico o bajo sustancias alucinógenas, escándalos,…y en caso de que alguno de los acompañantes, ante nuestro ofrecimiento de llamar a quien corresponda, se negase, ofrecimiento a firma de éste de un documento asumiendo la responsabilidad sobre la salud y los actos del sujeto que se encontrase en “las condiciones potenciales” del balconing (pues por defecto profesional, a no ser que estén ya arremetiendo contra el mobiliario, tenderemos a hacer esta consulta “comercial” a los sobrios del grupo antes de poner a nuestros clientes en manos de la Policía).
e) La responsabilidad en la dispensación del establecimiento: reducción de las medidas de alcohol en cocktails y copas de los regímenes de Todo Incluido.
f) La indicación e iluminación en el suelo, con grandes números y colores vivos, de la distancia entre la fachada y la piscina, para contrarrestar el efecto óptico de cercanía que propicia la altura.
 
La reacción inmediata post-salto:
a)       Auxilio inmediato al grupo para contactar con servicios sanitarios españoles que acudan a atender al precipitado,
b)      Rápido establecimiento de contacto con el turoperador extranjero para su información, consulta de condiciones de los seguros del grupo, si los hubiere, y para dejar un canal de comunicación permanentemente abierto con él.
c)      Averiguación del nombre completo del cliente que ha saltado: búsqueda rápida en redes sociales, capturando screen shoots de todas aquellas publicaciones del cliente o su círculo, de la tarde o la noche del siniestro y que puedan indicar que su estado en el momento del salto estuvo condicionado por alcohol o drogas.
 
 
Nuestras opciones una vez conocida la intención del cliente de solicitar la responsabilidad al turoperador:
 
Más bien son pocas. O una. Debemos intentar ser parte activa en la negociación extrajudicial con el cliente (o su familia) y luchar, si no cristaliza acuerdo, por ser parte en el procedimiento judicial nacional o extranjero que se inicie: de ahí la importancia de mantener una relación fluida con la mayorista y de seguir de cerca el desarrollo de las negociaciones con el cliente final.
Encomendar nuestros intereses a letrados locales nos puede suponer costes importantes pero nunca equiparables al riesgo de pérdida del montante total de la condena y los gastos procesales que el organizador podría soportar con una defensa mal respaldada y que, en virtud de nuestro contrato con él, estaría legitimado a repercutirnos en sucesivas liquidaciones.
 
Los créditos finales de esta película, con un mal rodaje, serán los que le debamos al turoperador. ¿Injusto? Probablemente. ¿Cuestionable? Seguro. ¿Sería entonces la solución para “proteger” al hotelero del descuento unilateral una regulación comunitaria mercantil que prohíba las imposiciones veladas de los monstruos de la turoperación? Tal vez es el momento de exigir para la PYME la protección que Europa da al consumidor con la regulación de las Condiciones Generales y la lista de cláusulas abusivas…pero esto merece artículo aparte.
 
Puede que la adopción de medidas estatales y autonómicas supusiese un pequeño freno intangible a esta moda macabra del balconing (incremento del gravamen fiscal de las bebidas espirituosas, prohibición de reproducción y penalización efectiva a las sites que sirvan de plataforma promocional de comportamientos irresponsables, refuerzo de los controles de alcoholemia y drogas en ciudades costeras, …), pero todas ellas parecen requerir gasto público o suponer un lastre para el tan necesitado consumo…algo que ahora, no nos podemos permitir.
 
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