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Es un hecho. Google multiplica sus buscadores y nos da donde más nos duele, en medio de nuestro 10% de PIB. Los avances tecnológicos y las nuevas vías de consulta y redireccionamiento de la contratación irrumpen en un mercado con lagunas legislativas sobre las nuevas funcionalidades. Como empresario, ¿Debo estar preparado para adaptarme a los nuevos hábitos de los clientes o a lo que me quiera exigir otra empresa privada?
En los últimos meses ha sido difícil pasar una sola semana sin leer una noticia de Google. La presentación de sus revolucionarias “Google glasses”, con el bombo posterior para seleccionar a los “elegidos” que más tarde (y dejando 1.500 $ en caja) podrían ejercer de profetas ante medios digitales e impresos, levantó pasiones, tanto para los adictos a las nuevas tecnologías como para los juristas, pero desde un grado de escepticismo completamente extrapolado.
 
Parece imposible no sentirse orgulloso de lo que supondrá esta fusión de realidad física y virtual, pero lo que de verdad resulta complicado es evitar plantearse la repercusión de todas las incursiones que Google está llevando a cabo, tanto a nivel de mercado (económico puro) como desde perspectiva jurídica de los vendedores y compradores on-line.
 
Si bien es cierto que Google lleva ya años prestando servicios gratuitos a sus usuarios (correo electrónico Gmail desde el 2004, Google Earth desde el 2005, Youtube desde 2006, Google Translate, Talk, News, Chrome, Google +, Google Fiber…), han sido sus últimos movimientos estratégicos los que más litros de tinta han derramado. El metabuscador comparador de vuelos, Google Flight Search; el Hotel Finder; la joint venture con Linux en el desarrollo Android y su Project Glass (convirtiendo la esencia de Siri de Apple en un accesorio de moda) se me revelan, respectiva y subjetivamente, como predecibles, ambiciosos, esperanzadores, y acongojantes.
 
El tamaño y tráfico del gigante ha desencadenado cientos de conflictos de toda índole ante los tribunales de todo el mundo:
-         reclamaciones por infracción de derechos de autor,
-         descargas de música,
-         el “presunto” “tácito” respaldo a la censura China acatando criterios gubernamentales de filtrado para poder operar en el mercado,
-         las acusaciones vertidas sobre la aplicación Earth por atentar contra la seguridad ciudadana,
-         la obtención y almacenamiento sin consentimiento de datos personales obtenidos por los coches de Google Street View de las redes wifi no encriptadas (asunto por el cual la empresa pidió disculpas públicamente en 2010 después de que el gobierno alemán se pronunciase en el sentido de que “la política de información de Google era difícilmente soportable”)
-         los conflictos de responsabilidad por servir de plataforma para aprovechamiento de propiedad industrial de terceros, …
 
Pero el daño más temido es el que puede sufrir la competencia, la sana, equitativa y sostenible competencia.  Las cabezas más visibles de cada área del Turismo ya han expresado su preocupación respecto de la focalización, en un solo sujeto (y en el que cada vez convergen más intereses), de la facultad de establecimiento de los parámetros de distribución del tráfico, siendo él mismo el que dispone de buscadores a los que redirigir. El argumento en defensa suena a discurso aprendido, a promesa de vida eterna, pero está convenciendo: Finder y Flights Search (y su posible futura integración en las glasses) pretenden facilitar, afirman los portavoces, el contacto a las agencias y profesionales turísticos con el consumidor fomentando así las consultas y potenciando el Sector. Alianzas empresariales tan potentes como la conseguida por Fairsearch (Kayak, Sidestep, Expedia, …) llevan mucho tiempo analizando cada paso del buscador para poder armar un argumento letal, que aún se les resiste.
 
Me pregunto cómo cuantificar “la desamortización” de la inversión tecnológica para distribución on line de un establecimiento hotelero cuando la imparcialidad de la plataforma que lo posiciona no está del todo acreditada. Me pregunto, dado que sí se puede liberar de responsabilidad a un ente con tanto poder, si la pasividad legislativa está en pro o en contra del mercado. Simplemente, me lo pregunto.
 
Pese a todo, en este momento, toca ponerse en pie y aplaudir. Según las últimas cifras, Google controla más de un 90% de todas las búsquedas en Internet del mundo (sí, del Mundo) y sigue funcionando, sin que consumidores, empresarios, asociaciones u organismos públicos hayan podido encontrar una grieta legal suficientemente reprochable como para tumbar al monstruo. La propia Comisión Federal de Comercio de USA ha tenido que cerrar el expediente con causa en prácticas monopolísticas debido a la falta de pruebas, pero en este momento sigue abierto el procedimiento de investigación en la Comisión Europea por abuso de posición dominante desde el inicio del cual, Google se ha mostrado participativo, presentando incluso, en abril de este año, propuestas modificativas de su mecanismo de presentación de resultados en evitación del posicionamiento privilegiado de sus propios servicios. Acción- reacción.
 
“Google aprieta pero no ahoga”…no le interesa…no olvidemos que mediante su sistema Adwords, otras plataformas, las compañías aéreas, las sites de reservas, las empresas de servicios lo han (lo hemos) y lo siguen (lo seguimos) nutriendo con inversiones ingentes de dinero en posicionamiento SEM y en coste por clic. Estudiando su trayectoria empresarial, francamente, me cuesta pensar que se ha quedado sin balas, o que la cúpula directiva se ha dejado llevar por el poder abismal que supone el acceso a la base de datos empresarial más grande del mundo con fines lucrativos propios y ha perdido de vista el verdadero quid del juego: la consecución de la dependencia y el beneficio recíproco como clave para la perpetuidad de la fórmula mercantil más exitosa del momento.
 
Las cruzadas acaban de empezar. Sony, Pebble, Samsung y la manzana más famosa del mundo (no la del Génesis 3:6) ya están a pleno rendimiento en el desarrollo del smart watch, con utilidades integradas similares a las Google glasses, lo cual nos dice que la funcionalidad “smart” (que ya ha pasado por el escritorio, la mano y próximamente la nariz), va a seguir contagiándose, durante los próximos 10 años vista, a todos nuestros complementos y siempre bajo en mismo discurso: “el mío es más pequeño, más ligero, más rápido, y con más aplicaciones”. ¿Serán éstos capaces de atenuar las consecuencias que para el derecho a la intimidad conlleva la geolocalización?
 
La iniciativa de las gafas Google no sólo está encontrando una rápida reacción en el mercado tecnológico mundial sino que, además, el modelo Google de empresa y su operativa, que ya se explican en las más prestigiosas Escuelas de Negocios (Wharton, Harvard o el Instituto de Empresa español), probablemente no tardarán mucho en ser emulados...y el mercado de los buscadores, de nuevo, se redistribuirá. Si no fuese así…me cuesta reprimirme y no fantasear, sin querer, con los cielos de las playas de todo el mundo, en verano de 2020, plagados de avionetas descacharradas de las que cuelgan pancartas enormes,…pero no con la abeja, sino con una bandera en azul, roja, amarilla y verde.
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